SÁNCHEZ ROMERALO, ANTONIO / CATALÁN, DIEGO / ARMISTEAD, SAMUEL
Raro es el español que no conoce la existencia del romancero. Unos, por vía letrada, a través de libros escolares y de clases de literatura en el bachillerato o, incluso, en la Universidad; otros, porque los han oído cantar a cantantes de «folk», y otros, en fin, porque han sido testigos de su transmisión oral como parte de la cultura popular local. Pero, a pesar de esa familiaridad del español con los romances, siguen siendo hoy dominantes ideas sobre el romancero que se corresponden muy poco con la realidad de su ser. Y son, precisamente, los más cultos -según los patrones oficiales- quienes más confundidos están en su valoración del romancero; son, por lo general, los especialistas en la historia y crítica literaria quienes propagan las más desenfocadas ideas acerca de los romances. Habituados al examen de los textos fijos y datables a que la literatura impresa nos tiene acostumbrados desde tiempos de Gutenberg, los eruditos letrados hallan dificil la comprensión de la especial problemática de los poemas elaborados por la «artesanía literaria» tradicional.
Para una mayoría de estudiosos de la literatura española, la palabra «romancero» evoca, de inmediato, la Edad Media (en su período final); otros, más atentos a los datos bibliográficos, recuerdan que el corpus clásico de romances nos lo proporcionaron los impresores de «pliegos sueltos» y de cancionerillos de bolsillo en la primera mitad del s. XVI y clasifican el romancero como un género «conservado» dentro del Renacimiento. Pero unos y otros, al tratar de encasillar al romancero en el tiempo, al colocarlo en la cadena secuencial de productos literarios de que se ocupa la historia de la literatura, ignoran la propiedad esencial del objeto artístico estudiado: su tradicionalidad. Y si no ignoran esa propiedad, no la comprenden.