SANZ, SANTIAGO
Lo curioso de un recital de poesía es que por un lado preserva algo necesario en ella que la lectura silenciosa a duras penas da, a saber, la música, el canto. Eso parece innegable. Pero tiene también la poesía, idealmente, la virtud de que el lector caiga en la cuenta de algo importante como Pablo en el camino a Damasco, y esa caída, ese abrir los ojos, rara vez se dan en la inmediatez de un encuentro público. Se tropieza en soledad con esas pequeñas o grandes teofanías de la poesía. Paradójicamente, la poesía huye del templo en el
que se la venera. Y huye, claro, porque más que aspirar a la comunicación quiere trascenderla.»