NAUFRAGIOS Y COMENTARIOS

NAUFRAGIOS Y COMENTARIOS. (ED. DE JUAN GIL)

Editorial:
FUNDACIÓN JOSÉ ANTONIO DE CASTRO
Año de edición:
Materia
Historia Universal. España y América
ISBN:
978-84-15255-55-0
Páginas:
448
Encuadernación:
tapa dura con sobrecubierta
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NAUFRAGIOS

La Florida era una tierra que se había resistido a los intentos de los españoles por tomarla; verde y hermosa pero llena de manglares y habitada por mil cacicazgos divididos que hacían imposible la victoria en una sola batalla. Ello no quita para que Pánfilo de Narváez propusiera al rey el desmesurado proyecto de conquistar estos territorios, expedición a la que se sumó Cabeza de Vaca en calidad de tesorero y alguacil. Partieron de Sanlúcar de Barrameda con 5 naves y unos 600 hombres el 17 de julio de 1527, pero ya en Cuba 140 hombres huyeron y un huracán les dejó con bastantes pérdidas humanas y materiales. Habiéndose repuesto de tales infortunios, consiguieron poner pie en la Florida el 12 de abril de 1528. Frente a las exigencias de Narváez, Cabeza de Vaca se opuso a la temeraria decisión de internarse con la tropa en esta tierra inhóspita y abandonar las naves. Desastre previsible que les llevó a sufrir mil infortunios, derivados de las enfermedades y del cautiverio al que les sometieron los indios.

Sin embargo, cuatro de aquellos hombres entre los que se encuentra Cabeza de Vaca, lograron escapar y “en una caminata épica de casi nueve años, recorren desde la isla de Mal Hado (Galveston, Texas) a la Nueva Galicia (Nueva España)”, como bien señala el académico Juan Gil en su documentado prólogo. He aquí la odisea que nuestro protagonista relata en los Naufragios (libro que inaugura un género) y que desde la propia experiencia nos permite ver las costumbres de los indios, el babel de lenguas que manejan, la flora y la fauna de la región, el hambre como gran protagonista o descubrir el papel de los españoles como curanderos entre los distintos pueblos visitados. Un relato tremendamente original en el que no falta la ironía o el impudor para reconocer que andaban desnudos y “a manera de serpientes, mudábamos los cueros dos veces en el año”, o descubrir el maltrato al que se vieron sometidos en ocasiones. Así, hasta llegar a San Miguel de Culiacán después de un trabajoso peregrinar que nos revela a Álvar Núñez como un superviviente nato. Aunque nuestro protagonista intenta proteger a los desdichados indios que se le van sumando, se encuentra en la frontera con el capitán Diego de Alcaraz, un esclavista que toma prisioneros a los naturales y deja a Cabeza de Vaca en una extraña posición donde ya no es reconocido como español ni por los indios, ni por sus propios compatriotas.

COMENTARIOS

En 1537 Álvar Núñez regresa a España con la gloria de ser el hombre que mejor conoce a los indios del Nuevo Mundo. Por ello pone los ojos en el Río de la Plata, tierra que se encontraba sin pacificar, y obtiene del rey permiso para poblarla y conquistarla tras los intentos fallidos de otros predecesores. La flotilla se hizo a la vela en la bahía de Cádiz el 2 de diciembre de 1540 y llegó a Santa Catalina (Brasil) el 29 de marzo de 1541. Desde ahí veremos a la tropa abrirse paso por la selva virgen a golpe de machete, construir puentes y transportar canoas por tierra para sortear las imponentes cataratas del Iguazú, como nos explica por extenso Pero Hernandez, el escribano de la expedición que firma estos Comentarios.

Pero el destino se le torció a Cabeza de Vaca cuando los habitantes de la Asunción, acostumbrados al amancebamiento con las indias y hacer su santa voluntad sin norma alguna, se vieron obligados por el gobernador a acatar medidas proteccionistas para con los indígenas, amén de otros roces al intentar meter en cintura a los colonos que terminaron por desembocar en una sublevación abierta. El levantamiento triunfó y sus enemigos le acusaron de proclamarse en rebeldía contra la corona. Pretextos con los que encarcelaron a Álvar Núñez durante casi un año y le confiscaron sus bienes. En estas circunstancias lamentables regresó a Cádiz en 1545, “herido en lo más profundo de su orgullo y, de nuevo, con las ilusiones deshechas”. Tampoco el Consejo de Indias le dio la razón, lo que le llevó en 1546 a la prisión para ir ampliando en los meses sucesivos su libertad de movimientos en la corte, aunque algunos como Fernández de Oviedo nos lo retratan como “pobre y fatigado”.

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