CASTRO, LUISA
DE CÓMO SE AMA A UN EUNUCO
Y CÓMO SE MUERE
Se mató por ardor o murió
por pereza
T. CORBIERE
Y así fue que cada día llegaba ·más amarillo, con aliento amarillo de vaca y los ojos colgándole sobre un fondo amarillo.
Así fue que cada vez llegaba más muerto, sin palabras que decir, inconexos versos golpeándome. el corazón.
Pero nadie quería creerme.
El día que apareció tirado de muerte en mi cama, entre la barahúnda de emisoras enfurecidas y el desorden de las sábanas
con el embozo oliendo a vómito, nadie quiso creerme:
No fueron necesarias más pruebas fechacíentes ni más jueces
con togas hasta los pies.
Aparecieron dos gendarmes que se lo llevaron envuelto como un niño enfermo de pronto en la noche.
Lo desnudaron con evidente rubor pues su cuerpo en los últimos tiempos había ido cobrando un aspecto de doncella
virginal apetecible hasta para un gendarme,
con aquella palidez que embellecía su rostro, con los labios encendidos que parecían como arrancados de repente de la pulpa roja del afiebrado corazón.
Sus dimensiones habían empequeñecido adaptándose a las formas femeninas con la sinuosa cadera, con los pechos oscilantes.
Mi amor.
Y el bello cuello que mordí por última vez.
Y las piernas blancas como noche de nieve que por última vez miré.
Y las orejas que me comería cien mil veces.
Mi amor, y nadie quiso creerme.
Cómo acercar mi mano con un puñal a tu frente, mi amor, pero nadie me admitía ya en las tiendas; ni el saludo, ni el dolor de un santuario,
ni una lágrima me estaba permitida.
Quise explicarles que venías de muchas guerras, quise contarles la verdad de lo del muñón.
Pero los gendarmes se apresuraron a enseñar en la plaza sus heridas a las gentes que se apiñaban y me llamaban devoradora de ángeles, pecadora de la guadaña en alto.