LÓPEZ GRIGERA, LUISA
HACE MÁS DE medio siglo se viene repitiendo, con manifiesta inadecuación interpretativa,
la frase de Vilanova1 referida a que nuestros poetas del siglo XVI fueron
en realidad unos «improvisadores geniales», y que lo fueron porque habían aprendido
su oficio mediante la adaptación puramente empírica de los textos poéticos italianos.
Esa falta de intermediación de teoría española alguna ante la creación poética, tratándose,
como se trataba, de un arte realmente nuevo si no directamente revolucionario, ha contribuido
a forjar la idea de un plus de valor añadido a los poetas renacentistas españoles. Es
cuestión que merece, sin embargo, ser interpretada de otro modo. No por los datos, que
son contundentes, pues, en efecto, hasta 1580 es decir, cuando se llevaba al menos medio
siglo de buenas realizaciones poéticas endecasilábicas en español no aparecen en España
las primeras manifestaciones sistemáticas2 de reflexión estético-literaria o de preceptiva
poética si bien el siglo XVI estuvo bien servido de retóricas, aunque mayormente latinas,
y por tanto escritas con otras miras, como luego se comentará, sino que aquella aseveración
debe ser revisada a la luz de otro enfoque: los poetas españoles que escriben al modo
endecasilábico que entendían por tanto tan bien el italiano como para poderlo seguir en
la sofisticada dificultad de una «imitación poética» tenían a su disposición una rica producción
de textos teóricos italianos que desde los años veinte del siglo XVI iban asegurandoun espacio consolidado de reflexión y teoría poética, aplicada, en bastantes ocasiones
además, a la que hoy llamamos poesía lírica.