GONZÁLEZ JONIO
En general se instala un estado de alerta como respuesta a alguna imagen o verso que surge de forma espontánea, sin razón aparente. Cuando empiezo a indagar, esa imagen o verso suele asociarse, ahora de forma menos espontánea, a veces incluso inducida, a algún recuerdo, vivencial o sensorial (de ahí el motivo, creo, por el que la primera versión de un poema suelo escribirla a mano), y esos recuerdos a paisajes o situaciones de infancia o juventud. Todo ello produce en mí una suerte de estado de ensoñación (no sé de qué otra manera definirlo) en el que la imagen o el verso inicial va desarrollándose, multiplicándose, autoalimentándose, y casi siempre acaba remitiendo a la historia, a las consecuencias de la historia (o de la realidad objetiva, si se quiere), tanto en lo personal como en lo generacional. Al paso del tiempo, también, a la vida como agonía en el sentido de contienda. Todo esto genera una especie de proceso dialéctico, no sólo entre versos, sino entre poemas; por eso desde hace tiempo suelo concebir series de poemas, o incluso concebir estos en el contexto, más o menos abstracto, de un libro futuro, como si los ecos de unos y otros se fueran convocando para crear voces complementarias. En este sentido, nada me inspira más que las palabras mismas, las imágenes recordadas, esos ecos muchas veces informes. En medio del silencio más perfecto posible.
Como he dicho, los recuerdos guardan relación no sólo con vivencias sino con meras imágenes, muchas de las cuales me acompañan desde siempre y van apareciendo cada tanto en mis poemas (la moneda, el oro, la hierba...). Son como claves de algo que en ocasiones hasta a mí se me escapa. Pueden simbolizar una cosa u otra, dependiendo del texto, y de manera muchas veces autónoma, o automática. Esas imágenes, esos recuerdos, esas vivencias históricas se traducen en ideas pero también en sensaciones, en emociones. El empleo del bolígrafo y el papel parece ponerme en contacto más íntimo con ellas. Luego, una vez dado por acabado el texto, lo que suele ocurrir cuando el propio texto quiere (mi control sobre el mismo se remite en la práctica a una especie de transición entre el verso inicial, espontáneo, y el remate, también espontáneo pero como producto del desarrollo del texto mismo, casi siempre contradiciendo mis posibles planes al respecto), lo vuelco en el ordenador y procedo, sobre todo, a recortar aquello que me parece superfluo, esto es, que obstaculiza esa transición entre la idea inicial y el final del poema.