URRIOLA, JOSÉ
Cuando tenía seis años caí sobre una roca por estar agarrado
demasiado fuerte del brazo de mi hermana.
Estábamos en El Zamuro, la hacienda del tío Chicho.
Chicho que había perdido un ojo a causa de una infección
que nunca pudo controlar en el lagrimal.
A mí me costaba mucho verlo hablar con papá
mientras se pasaba un pañuelo por el borde interior del párpado
de ese ojo muerto o moribundo.
A veces el pañuelo salía manchado de sangre.
Sangre mezclada con algo amarillo.
Pero esto no va del ojo ni del pañuelo sino del día en que estaba
demasiado agarrado del brazo de mi hermana.
No sé si aquello que se les soltó a los peones sería un toro.
Lo que recuerdo, así a la distancia y visto de perfil,
era más bien como un reno con el hocico espumoso
y con una cornamenta hecha de lanzas de marfil apuntando al cielo.
Brincaba y bufaba y se erguía en dos patas,
y soltaba más babas por la boca y por los huecos del hocico.
Luego recuerdo que la bestia se soltó,
los peones gritaron, se agarraron las cabezas.
La bestia brincó la cerca, se venía directo hacia nosotros
dando coces al aire.
Yo era el menor y el de piernas más cortas.
Todos los primos corrimos pero yo no llegué lejos.
Además, estaba agarrado muy fuerte del brazo de mi hermana,
un brazo ajeno que se movía a otra velocidad.
Mi hermana dice que el sonido que hizo mi cabeza
contra la piedra fue seco,
como el de un coco maduro al estrellarse con la arena.
Ella cuenta que al principio parecía dormido,
pero que luego abrí los ojos.
Grandes, como platos. Muy abiertos los dos.
Mirando fijamente a la nada.
Que esa mirada era la de alguien que no estaba más aquí.
Y que yo estaba inconsciente pero sonreía.
Eso dice mi hermana, y llora; pero creo que no por mí sino por ella.
Ella pensó que había muerto.
Que me había matado cuando mi cabeza hizo toc
y que seguramente cuando me levantaran parte de la materia gris
la tendría pegada a la piedra.
Que me iban a tener que meter en el ataúd con la roca.
Porque yo era parte de la piedra y ella de mí.
Pero en ese momento, más que tristeza, mi hermana
lo que sintió fue miedo.
Miedo a cómo iba darle la noticia a mamá.
Suelo imaginarme a mamá llorando por esa muerte
que al final no me tocó.
Me pone muy triste esa imagen al verla demolida en mi falso funeral.
Yo, por mi parte
y mientras tanto, en otra parte
tengo el recuerdo de que intenté correr
y de pronto el cielo se me hizo suelo.
Que estábamos corriendo y lo único que sentía eran mis dedos
muy apretados del brazo de mi hermana,
entonces algo ocurrió que me cambió la perspectiva.
De pronto, empecé a mirarlo todo como desde una cámara invertida.
Eso. Y que la memoria de la bestia cornuda a punto de embestir
viene acompañada de un sonido.
Algo como de explosión apagada.