GINO LUBICH
Se podría decir que Dios, con su eterna sabiduría, influyó para que Angelo Roncalli, unos días antes de cumplir setenta y siete años de edad, llegara a ser Papa. Fue elegido después de la muerte de Pio XII como un Papa de transición, pero asombró al mundo con las reformas que introdujo al convocar al Concilio Vaticano II. Para entender la importancia de su corto pontificado, que fue de cuatro años, siete meses y seis días al frente de la Iglesia, hay que hacer un análisis social del momento.
Una sociedad que se encontraba desolada por el paso de una guerra terrible y de diferentes revoluciones, una sociedad que en más de una ocasión se preguntaba: ¿Cómo hacer para encontrar a Dios, dónde buscarlo? Y en medio de toda esa necesidad, llega esta persona con un estilo totalmente nuevo de vincularse con el otro, con ideas de efectuar un cambio profundo en el catolicismo y así poder dar un giro para lograr el fin que se proponía buscar a los hermanos alejados, unirlos bajo una misma Iglesia por medio del amor y la caridad. Todo lo que separaba a los hombres era rechazado y en cambio la búsqueda constante del entendimiento y la unión era su meta. El bien era su estandarte; no perdía jamás el tiempo hablando sobre el mal.