VV. AA.
Desde hace tiempo mis compañeras de trabajo que ya van teniendo, como yo, una cierta edad, se pasan el día hablando de retinol, ayuno intermitente e inyecciones de hialurónico. Están completamente obsesionadas con su imagen y algunas, además, se pasan la vida en Instagram. No sé por qué, el otro día mientras con cara de interés asistía a una de estas conversaciones, me imaginé que por arte de realismo mágico aparecía Sofía Petrillo y, mirándolas con sorna, les soltaba una frase lapidaria.
Algo como: «En Sicilia, en 1922, las mujeres no necesitábamos ácido hialurónico. Necesitábamos huir de los hombres y de la guerra. Y, si sobraba tiempo, hacer un buen ragú». Y después se sentaría, abriría su bolso de mimbre esa caja de Pandora que podía contener desde una vajilla a un libro de chistes y nos miraría como quien contempla una tragedia menor: la de las arrugas mal asumidas.
Las chicas de oro han terminado convertidas en mi unidad de medida para casi todo a medida que me voy acercándome inexorablemente a los 50. Para la amistad, para la ironía y, sobre todo, para tomarme con filosofía el decaimiento celular. Lo que me fascina ahora no es solo lo que ocurría en aquella casa de Miami, sino lo que pasaba cuando las cámaras se apagaban y el mito se sostenía con laca, prótesis y cucharadas industriales de tarta de queso.
Porque sí, la tarta era real. Nada de espuma ni de cartón piedra. Los productores querían autenticidad hasta en el colesterol. Si la escena exigía diez tomas, eran diez cucharadas. O veinte. Betty White llegó a decir que aquellas escenas eran casi su parte favorita del trabajo, lo cual explica esa expresión beatífica cada vez que Rose clavaba el tenedor. La interpretación como deporte de riesgo glucémico. Hoy mis compañeras cuentan calorías con aplicaciones que las regañan; entonces cuatro actrices convertían el azúcar en timing cómico. La cocina era «tierra sagrada», según el director Terry Hughes. Si una escena en esa mesa no provocaba una risa verdadera, se reescribía. Me gusta pensar que realmente las protagonistas se lo pasaban en grande repitiendo tomas y llenándose de nata las comisuras de la boca. La comedia no como entretenimiento ligero, sino como way of life.
La realidad dista bastante de mis deseos. Estelle Getty, la inolvidable Sofía, era más joven que Bea Arthur, su hija en la ficción. Cada día pasaba cerca de tres cuartos de hora sometida a la implantación de prótesis y maquillaje para añadir décadas a su rostro. Cuando decidió hacerse un lifting antes de la segunda temporada, los maquilladores tuvieron que redoblar esfuerzos para devolverle las arrugas que la cirugía había borrado. Es difícil imaginar metáfora más perfecta de nuestra época: mujeres que rejuvenecen para que el mundo las envejezca o envejecen para que el mundo las acepte. Todo depende del plano.
Con los años, Getty empezó a tener problemas de memoria. En los ensayos podía saberse el texto completo; frente al público en directo, la ansiedad la dejaba en blanco. El equipo escondía tarjetas con sus frases dentro del bolso, en la mesa, entre los objetos del decorado. Muchos de esos silencios que parecían calculados con bisturí eran, en realidad, una actriz buscando su línea. Y, sin embargo, el efecto era perfecto. Ahora, décadas después de haber disfrutado tanto con ellas me conmueve descubrir esa fragilidad camuflada de genialidad. Mientras hoy filtramos nuestras caras y poneos morritos para hacernos las interesantes, ellas filtraban sus olvidos con un desparpajo profesional maravilloso.
El bolso de mimbre ni siquiera estaba en el guion. Getty lo llevó al plató porque se sentía incómoda con las manos vacías. El gesto funcionó tan bien que el accesorio se volvió parte de la identidad de la protagonista. No fue una estrategia de marca ni una decisión de estilismo estudiada por un comité. Fue una inseguridad convertida en icono. Pienso en eso cada vez que alguien habla de «construir narrativa personal» como si la vida fuera una campaña publicitaria.
Rue McClanahan, por su parte, negoció quedarse con todos los vestidos de Blanche. Una cláusula silenciosa, brillante y muy acorde con la señorita Devereaux. Al final de la serie tenía armarios y armarios llenos de trajes que habían sido risas, escotes estratégicos y entradas triunfales. Mientras Blanche presumía de armario infinito en pantalla, Rue lo construía en la vida real. Acumulaba ropa como yo acumulo libros, llenando espacios para negarnos a admitir que el tiempo pasa, que el cuerpo cambia y que solo nos queda el consuelo maravilloso y un poco ridículo de rodearnos de aquello que nos hizo sentir inolvidables.
Entre toma y toma, Betty White y Rue McClanahan se entretenían con juegos de palabras constantes. Competían en ingenio y esa complicidad se colaba en los diálogos, en los dobles sentidos cuyas réplicas aún hoy circulan por internet sin necesidad de filtro vintage. Nada de frases diseñadas mrwonderful para volverse meme; eran rápidas porque ellas lo eran. Y luego estaba Bea Arthur, sosteniendo el conjunto con una gravedad que hacía posible la ligereza de las demás. Toda comedia necesita una columna vertebral. Mientras ahora debatimos si una arruga debe difuminarse o abrazarse, Dorothy ya había decidido que el sarcasmo era mejor que cualquier crema.
Quizá por eso, cuando escucho a mis compañeras hablar de sérums milagrosos, pienso en aquella cocina iluminada de madrugada. En cuatro mujeres que hablaban de sexo, de muerte, de miedo y de facturas con una acidez que las mantenía vivas y felices. No eran ingenuas ni pretendían ser eternas. Eran brillantes. Y detrás del decorado había prótesis, tarjetas escondidas, azúcar en sangre y una dignidad profesional que no cabía en Instagram. Si Sofía apareciera hoy en la oficina, no creo que diera ningún consejo de skincare. Abriría su bolso, miraría alrededor y diría: «No importa lo mal que estén las cosas, recuerda estas sabias palabras: eres vieja, te cuelga todo, y lo superas». Y después pediría un trozo de tarta. Porque, a cierta edad, la verdadera rebeldía no consiste en parecer joven, sino en sentarse a la mesa, encender la luz y rematar la conversación con un chiste mejor que el anterior.
P.D, Este artículo no es un avance de nuestro maravilloso próximo número Jot Down #54 «El Dorado» porque Rubén ha escrito uno mucho mejor que podréis leer pronto.
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