SÁNCHEZ RODRÍGUEZ, ANTONIO JESÚS
A eso que genéricamente denominamos cáncer se ve en nuestra sociedad de la opulencia, del gasto y el consumo, de la hiperinformación y de las prisas, como un mar de muerte. Un mar distinto, pues es un mar de aceite caliente y asfixiante, no de agua fresca y liberadora. Un mar que asfixia. Yo lo concibo también así, como una temible metáfora cultural que nos enseña a entender la realidad apabullante y terrible a la que nos enfrentamos, que no es solo la muerte, sino la vida misma. Es fácil ver que la metáfora es una elusión, un mirar hacia otro lado, un desvío en el camino. Se elude el sentido recto y duro de las palabras utilizando otras que nos hieren o molestan menos, como el desierto que es tu corazón, o que nos parecen más evocadoras, como el oro de los cabellos. Entre quien utiliza la metáfora y quien la escucha hay un convenio: se entiende qué se quiere decir, y se admite. El enfermo de cáncer tiene que vérselas con los efectos de la metáfora, uniendo para ello su lucha biológica en su cuerpo a la lucha cultural en su entorno social más inmediato. El enfermo de cáncer batalla contra la metáfora, contr