AZAÑA, MANUEL
Manuel Azaña escribió El jardín de los frailes en los años 1920. Para entonces, sus ambiciones políticas habían resultado fallidas y no había logrado terminar ni una sola obra literaria. Su amigo Cipriano de Rivas Cherif le animó a escribir unos recuerdos de su paso por el Colegio de Estudios Superiores de María Cristina, una institución universitaria regentada por los agustinos y destinada a educar a la elite de la Monarquía constitucional de tiempos de Alfonso XIII. El resultado es un breve ensayo memorialístico, con un protagonista sin nombre. Tanto o más que el propio Azaña, pretende ser un símbolo de una generación fracasada: aquella que no supo traer la democracia a España antes de la dictadura de Primo de Rivera. Sobre todo, El jardín de los frailes es una confesión. El motivo confesional aparecerá en toda su obra literaria, también en sus grandes discursos, como el de Paz, Piedad y Perdón de Barcelona en 1938. Permite comprender la deuda de Azaña con los frailes agustinos, y su incapacidad para dejar de ser católico. Y eso por mucho que proclamara que España había dejado de serlo. En esta obra maestra, El Escorial se levanta como el sepulcro de un Dios que no acaba de morir.