CERVANTES SAAVEDRA, MIGUEL / DE RIQUER MORERA, MARTIN / ALONSO GONZALEZ, EDUARDO
El martes 19 de abril de 1616 el célebre autor del Quijote se siente morir.
«Mis pulsos acabarán su carrera antes del domingo», escribe desde
el lecho. Al novelista le flaquean ya las fuerzas, pero tiene que rematar
una obra y despedirse de este mundo. Con la mano que le
quedó inútil en la batalla de Lepanto sujeta el papel, y con la diestra
toma la pluma, la moja en la cazoleta de tinta y sigue escribiendo:
«Ayer me dieron la extremaunción y hoy escribo esta. El tiempo es
breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan». No puede levantarse
de la cama, está hinchado, tiene una sed insaciable, y Catalina,
su mujer, entra en el aposento con otra jarra de agua. «Esta enfermedad
no me la sanará toda el agua del mar Océano que dulcemente se
bebiese. ¡Como si solo para beber hubiera nacido!», reflexiona el anciano
escritor. No pierde el humor ni en sus horas finales. Y se afana
por redactar las últimas líneas del prólogo de Los trabajos de Persiles
y Segismunda, una novela de amor sublime para los que gozan con la
lectura de viajes, naufragios, raptos, cautiverios y fugas. «¡Adiós, gracias,
adiós, donaires, adiós, regocijados amigos, que yo me voy muriendo»,
concluye. El tiempo se le acaba sin remedio, y tres días más
tarde, el viernes 22 de abril de 1616, el escritor fallece en su casa de la
madrileña calle Francos, rodeado de su esposa, su hija Isabel, su sobrina
Constanza y la criada. Un día después es enterrado en el cercano
convento de las monjas Trinitarias Descalzas, con el rostro descubierto
y el hábito pardo de los franciscanos. El escritor más grande
y admirado de todos los tiempos ha muerto en la pobreza, y sus restos
pueden reposar en sagrado gracias a la ayuda prestada por la Orden
Tercera franciscana.