SILES, JAIME
En algunas librerías, la sección de poesía se ha dividido en dos. En una está la poesía de siempre, la poesía seria, la que gana premios; en otra, la poesía que se vende, la que circula por Internet, la que llena los espacios -a menudo poco convencionales- en que se recita o canta. Algunos, desdeñosamente, han acuñado el término de 'parapoesía' para referirse a este segundo tipo.
Pero los juicios de valor no pueden hacerse en conjunto, sino obra a obra. El que una poesía sea minoritaria no garantiza su calidad; el que cuente con miles de lectores entusiastas, aunque se trate de adolescentes, no puede servir para minusvalorarla.
Jaime Siles ejemplifica bien al poeta culto. La solapa de su último libro enumera todas las universidades de las que ha sido profesor y también todos los idiomas que domina y de los que traduce, nada menos que nueve: griego clásico, latín, griego moderno, francés, italiano, catalán, portugués, inglés y alemán. Los premios que ha obtenido -desde el inicial Ocnos para Canon hasta el reciente Jaime Gil de Biedma- son también numerosos. En los años setenta, era uno de los puntales de la novísima poesía española, junto a Gimferrer, Carnero o Colinas. Medio siglo después, cuesta encontrar un poema que se sostenga en pie en sus libros de poemas, aunque su prestigio -para los estudiosos de la poesía, que no para los lectores- continúe intacto.
De dos tipos son los textos que se incluyen en 'Arquitectura oblicua'. En un caso se trata de poemas rimados, por lo general de arte menor (romances y romancillos), con un acusado tono vintage: a veces nos recuerdan al garcilasismo de los años cuarenta e incluso a la poesía rococó de un Meléndez Valdés. Copio los primeros versos de 'Bucólica': «Estuve aquí cuando esto era un prado / y no crecía en él ninguna rosa. / Estuve aquí cuando iniciaba mayo / su más furtivo florecer de rosa. / Estuve aquí cuando no había prado / ni mayo erguía sus colores rosa. / Estuve aquí cuando en este prado / mayo pintaba su fulgor de rosa». Y así sigue, con «el mismo prado y la misma rosa» (eso dice su último verso) durante todo el poema. Aunque para muestra basta un botón, añado algunos más: «Se cierra el clavel / y yo dentro de él», comienza 'Mise en mots'; en 'Tres poemas sicilianos' nos encontramos con una palmera que anota algo «en su carnet de baile»; hay también un río de «breve voz / dulce y doliente» y una cancioncilla neopopular: «Olivares del Júcar: / rosada nieve. / Olivares del Júcar: / de blanco verde» y así continúa («de cielo agreste», «de tintes tenues») hasta concluir con un caprichoso (la pregunta podría ser cualquier otra siempre que respetara la rima) «¿dónde mi muerte?».
El gusto por la rima, una rima a menudo gratuita y ripiosa («Para que me refleje / su cordillera andina / la memoria me teje / su sombra submarina»), quizá herencia postista (a Carlos Edmundo de Ory le dedica un homenaje), caracteriza a la mitad del libro, de la que apenas si se salvan un 'Apunte sevillano', evocación del poeta Fernando Ortiz que recuerda a los poemas de circunstancias de Manuel Machado, y algunos apuntes viajeros que no se pierden en la gratuita divagación ('Invierno en Clermont'. 'Cabo de Gata').