GALLERO, JOSÉ LUIS
En 1770, con el envenenamiento del jovencísimo
Chatterton, conmemorado por Keats, Coleridge, Shelley y
Vigny, inicia el suicidio su edad moderna. La muerte real
del poeta inglés y la novelada de Werther proporcionan
carácter intelectual a un acto que se consideraba de
pésimo gusto, salvo que fuese motivado por falta de
liquidez o cualquier otro capricho.
El suicida sigue sin poder reposar en tierra sagrada, pero en adelante ocupará un puesto de honor
en la mitología artística. A la hora de hacer una «anatomía del suicidio», llama la atención que se
den por igual los suicidas de vocación y los súbitamente inspirados. Entre los primeros, Kleist,
Maiakovski, Crevel, József, Pavese, Sylvia Plath, Jens Bjorneboe... Pero más que la premeditación
admira la insistencia en el gesto. ¿De qué huía Ángel Ganivet cuando se arroja desde un vapor al
Duina, y tras ser rescatado trabajosamente por los pasajeros aprovecha un descuido para
sumergirse de nuevo en la corriente helada? ¿Qué da fuerzas a Yávorov, ciego a resultas de un
anterior intento de suicidio, para ingerir veneno y, en previsión de algún accidente benéfico, volarse
la tapa de los sesos? ¿Y a Antero de Quental para dispararse dos veces consecutivas? Costas
Cariotakis se dirige al agitado Mediterráneo con la intención de acabar con su vida. Diez horas
después, la corriente le devuelve sano y salvo a la playa. Entonces regresa a su casa, se cambia de
ropa, compra una pistola y se dispara una bala en el corazón... Huían de su propia vida, de sus
fracasos artísticos, de sus deseos siempre insatisfechos, de su exacerbada sensibilidad.
Exploradores de vastos territorios del alma, expuestos a las más inclementes contradicciones, se
encuentran en la tesitura de elegir la sensibilidad o la supervivencia. Pero no debemos creer que los
poetas suicidas son una especie sumida en un desánimo que le impide percibir lo que de grato tiene